sábado, 29 de septiembre de 2007

EL CULO



Del culo pelado de nuestro tatarabuelo de los árboles a las sinuosas concavidades de Jennifer López han pasado, entre otras cosas, millones de años de vida de nuestra especie que, todo hay que decirlo, en cuanto a los cuartos traseros ha mejorado notoria y, para algunos afortunados, también palpablemente. Hasta el punto de que tan estimulante zona, que a priori no vale nada más que para sentarse de forma más agradable y para que la columna vertebral no se venga abajo como las ruinas del Partenón, se ha convertido en objeto de deseo de generaciones y generaciones de seres humanos, y en objetivo prioritario de docenas de artistas que sucesiva y tercamente han puesto el punto de mira donde, quevedianamente, la espalda pierde su honesto nombre. Además, no me lo nieguen, es tan fácil, apetecible y tentador entrar por la puerta de atrás, entrar calladamente por la puerta de servicio...
Hombres y mujeres, pobres y ricos, monárquicos y republicanos, indios y vaqueros, policías y ladrones de todas las latitudes (incluso también de todas las longitudes) venderían su alma e hipotecarían su cuerpo al euribor de la carne por un pompi bien en pompa. En pompa clásica como griegos y romanos, en pompa excesivamente generosa como los personajes de Botero, en pompa brasileira, en pompa mulata, en pompa caribeña, en pompa batusi y hasta en pompa velazqueña como «La Venus del espejo». Pompa y circunstancia de una región de nuestra anatomía visitada asiduamente por mirones, vendedores de lencería fina, y hasta por ciudadanos comunes y, sobre todo, corrientes.
Pocas, pero que muy pocas zonas existen tan generosas en el paisaje del cuerpo humano como el trasero. Igual vale para un par de tiernos y maternales azotillos, que para un cursillo intensivo de disciplina inglesa, que para una severa azotaina sadomaso. Igual sirve para mandar a tomar por él (también puede ser viento, pero no es lo mismo) a algún indeseable, que para perderlo como suelen hacer botarates y pelotas delante del jefe.
Por si todo esto no fuera suficiente, también hay música que «suena al...», «cosas que están hechas con el...», «gestiones que van de...», y hasta hay quien suele confundirlo con las témporas. Igualmente, los hay de vaso, gente que se queda con él al aire, otros que hartos de todo se van al del mundo, valientes que se lo mojan, y viciosos y botellones en los que la tropa se pone, mismamente, hasta él. Los hay de mal asiento, quien quiere peces tiene que mojárselo, y dicen que según come el mulo, pues, eso. Y hasta el vicio nacional de la envidia, que si culo veo culo quiero.
Sencillamente culo
Es cierto, ¿pero por qué se empeñan en llamarlo posaderas cuando todos quieren decir sencillamente culo? Tal vez, los interesados encuentren acertada respuesta a esta pregunta si se pasan a partir del día 3 por la Fundación Canal, donde, precisamente, va a aposentar sus reales la exposición colectiva fotográfica, «Ocultos», una intensa y particularísima muestra del dorso humano con el trasero como protagonista, que ha sido comisariada por J. M. Díaz-Maroto.
El sensual descenso por la espalda hasta donde ésta deja de serlo se hace mediante setenta retratos, realizados por reconocidos fotógrafos del panorama internacional, que muestran las enormes posibilidades artísticas de nuestro (del nuestro exactamente no, más bien del de otros) cuerpo visto por detrás. Tal y como explican los responsables de la muestra, «Ocultos» invita al espectador «a descubrir imágenes emblemáticas de culos hermosos y rotundos, captados de forma sugerente, humorística, costumbrista, documental, intimista...». La exposición ha sido producida en su totalidad por Fundación Canal y la colección de fotografías abarca desde principios del siglo XX hasta la actualidad, con distintos tratamientos, estilos y enfoques.

Ya por hoy está bien.

Hasta luego.

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